Ya nadie va a escuchar tu remera

Carta a Walter Bulacio 

Por Miguel Vilche, su amigo y compañero

Resulta complicado definir cuál fue el disparador para escribirte esta carta. Puede haber sido la nota de la Rolling Stone de este mes, el 20º aniversario del hecho o simplemente unas fotos del secundario que fueron pasando por mis manos como cada abril, insistiendo en traerme esas amarillentas imágenes a la cabeza. Épocas de riñas fáciles y discusiones cortas, donde la sensibilidad pasaba por cuestiones que hoy me resultan a lo mejor más superficiales; en las que los compañeros de colegio eran tus mejores amigos quizás por compartir las pasiones comunes como el rock y el futbol, sin dudas marcos constitutivos de nuestra identidad.

Cada 26 de aquel mes las mismas preguntas disfrazadas de recuerdos ¿Cómo llegamos hasta acá con ese lastre? ¿Cómo te convertiste en lo que sos?

El tiempo le hizo a la historia lo de casi siempre; convirtió un suceso tangible en un relato apasionado, en un cuento de no-ficción, en un evento que parece no haber sido vivido sino solo narrado. Y en el medio la pocilga de esta sociedad que toma sus prácticas y las revuelve en sus entrañas para terminar defecándolas sobre sus actores.

Un camino que duró 20 años sin avizorar un final adecuado, y donde quedaron cosas que no puedo entender ni explicar y apenas recordar. En un mosaico de texturas desclasificadas con sucesos que se mezclan caóticamente en el semblante de sus protagonistas hasta alterar sus vidas. Escuchar a Calamaro, a Fito, al Indio o al mismísimo Presidente hablar de vos, algunos mas poéticamente que otros, no deja de ser una patada al alma; de esas que lesionan.

Marchas del silencio en compañía de los abatidos familiares y amigos de María Soledad se mezclan con las discusiones de futbol que siempre nos enfrascaban antes que empiece cada clase. Las notas a los medios de todos los soportes posibles se tamizan con los planes para ir a Bariloche (“las minitas que nos vamos a coger” me decías siempre). Las lágrimas compartidas con nuestros amigos en común se rodean de imágenes de bailes y pogos de canciones ricoteras en cuanto Obras se presentara. El legendario y desaparecido Babilonia, la rígida pero cálida López Foresi, la hospitalidad de la producción de “Siglo XX Cambalache”. Las piñas con los integrantes ebrios de un entonces desconocido grupo llamado Bersuit que no respetaba que la marcha fuese del silencio. Y todo converge ahí, en el fatídico día donde te cruzaste con aquel perro al que nunca se le ocurrió mirar el cielo, ni una sola vez.

Y el silencio de Patricio Rey, simbólico, lacerante.

Cuervo y ricotero “de los de antes”, laburante humilde de un campo de golf, fumeta, rocanrolero, introvertido de risa fácil y semblante taciturno. Uno más de la banda de Castro y Las Casas, esquina emblemática de Boedo donde “parábamos” para desternillarnos de risa y sentirnos partes de un grupo social cuya empatía se derramaba por todos lados. Ni el más bueno del mundo ni el más familiero, pero tampoco el cerdo merecedor del averno; solo uno más. Mereciendo lo mejor ¿Por qué no?

Ver tu cara sempiterna en la remera de un pendejo que no para de putear a la Policía me sigue dejando absorto. El desvirtúe de toda la historia que te construyó como símbolo icónico me conflictúa, me saca de línea. ¿Sos el “Largui”? ¿Así como te llamábamos nada más que nosotros, como nunca te llamo ningún periodista ni militante? Me encuentro con tu rostro nuevo, y digo nuevo porque no sé si muto o si es mi percepción la que reconfiguró esa imagen. Es que ya no sos el mismo, sos otro; la excusa de lucha, la cara visible de los que sufren la coerción transfigurada y anacrónica de un Estado deshilachado.

El afán por honrar tu nombre me llevó por caminos laxos, ambiguos. Milité, participé, me borré, me sentí culpable, te lloré, te olvidé por un tiempo y te volví a recordar. Y así pasaron los malditos años sin redención de ningún tipo, para nadie. Ni para las barbas del rock, ni para el puto perro, ni para los medios, ni para los dirigentes políticos que usan lo que tienen a mano para subvertir o representar sus falsas propuestas; ni para mi.

Estoy viendo el monitor con la imagen de mi cara hablando; “era un pibe más, ni un santo ni un demonio. Era un chaboncito que gustaba del rock, del futbol y de ciertos excesos de adrenalina comunes a esa edad. Solo eso, nada más lejano a un delincuente, pero una personalidad similar a la de un criminal para la percepción acotada de un oficial de policía ortodoxo”. Eran palabras para un documental, las mismas que repito siempre que tengo la chance de describir una vez más la parte de mi historia tan sesgada por la tuya, corta y triste.

Fuiste mi primera tristeza, la introducción a la crudeza del mundo, sin cocción ni adornos paternales. A los 17 años enmudecía ante el mensaje claro de que éramos reales, que podíamos ser lastimados sin que nos salve alguna capa roja; languidecíamos ante una nueva versión del mundo.

No quiero recordarte como un icono o como un símbolo de lucha, ni siquiera como un mártir; simplemente como el Largui, aquel amigo de secundario con quien roqueaba y fulbeaba y que de repente se convirtió en Walter Bulacio.

“Hay caballos que mueren potros sin galopar”

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me emocione mucho con esta nota, yo tambien estoy cansada de los iconos, martires y simbolos de lucha.
Me gusta la VIDA.

Anónimo dijo...

Vale como anécdota personal y emocional, no pretendas que con eso se borre el símbolo de una lucha contra un estado que mata un pibe por día. Allá vos si quién sabe para lavar qué culpas la denostás como oportunista o alejada de lo que fue Walter. Su asesinato fue un crimen de estado que sigue impune, estamos obligados a denunciar eso por Walter y por todos.

Anónimo dijo...

Creo que interpretaste mal el texto, al menos a nivel genérico; no pretendo eso ni mucho menos, es una catarsis, un discurso subjetivo sobre sensaciones desatadas por el fenómeno habiendo sido parte. Es obvio que el mismo al adquirir estado público con semejantes dimensiones, puede adquirir distintos sentidos con significaciones particulares, tampoco lo discuto. Fue oportunista en distintos niveles, nos guste o no, te caiga simpático o no. En cuanto a la denuncia, bueno, si el texto tiene algún valor literario, creo, humildemente, que es ese por sobre todas las cosas. Gracias por leerme.
Miguel Vilche.

Dino De Bortoli dijo...

Hay que pifiarle bastante a la interpretación para creer que se pretende borrar lo que representa Walter para la lucha contra la brutalidad policial...
Lo que se está describiendo es cómo se siente como persona allegada y todas las reflexiones que se dispararon después de la nyerte de Walter, como lo afectan directamente a él que era su compañero del día a día.

Inmensa nota, muy emocionante y te mete de lleno en la lectura desde la primera oración!!

Anónimo dijo...

Es exactamente eso Dino, lejos estoy de querer socavar la idea de Walter como símbolo de la represión policial o de lucha contra la misma, al contrario. Gracias por el comentario. Un abrazo grande.
Miguel Vilche.

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