Celebración de la rebeldía y elogio del autogobierno

A propósito del (no) cumpleaños zapatista

Por Hernán Ouviña
Militante del Movimiento Popular La Dignidad y autor del libro Zapatismo para principiantes (Editorial Era Naciente, 2007).

Ilustraciones: Beatriz Aurora


“Pero es que a mi no me gusta estar entre locos”, observó Alicia.
“Eso sí que no lo puedes evitar”, repuso el Gato; “todos estamos locos por aquí”.
Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

1º  de Enero de 1994: En la selva se escuchan tiros

Hace exactamente veinte años, en medio de la sombría noche neoliberal, en el momento más inesperado y el lugar más remoto, miles de indígenas decidieron cubrirse sus rostros para ser vistos, y levantarse en armas para hacerse escuchar. Este alzamiento, lejos de ser algo espontáneo, estuvo preparándose en total silencio durante diez años, al punto de acordarse -durante 1993- en asambleas comunitarias tanto su fecha exacta como la pluriétnica comandancia que iba a dirigirlo. Es así como el 1º de enero de 1994, al grito de ¡Ya Basta!, las y los integrantes del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional toman por asalto las principales cabeceras municipales del sureño estado de Chiapas, y leen públicamente la Primera Declaración de la Selva Lacandona, donde expresan sin tapujos el ser “producto de 500 años de lucha”. Ese día debía entrar en vigencia el NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), incorporándose México al acuerdo ya implementado por Estados Unidos y Canadá.

Como respuesta a lo que iba a significar la “partida de defunción” de campesinos, indígenas y trabajadores en general, estos intrépidos encapuchados hicieron oídos sordos a aquellos que -como Fukuyama- pregonaban el fin de la historia. Pero la sorpresa no fue solo de los teóricos neoliberales, a quienes la rebelión aguó la fiesta, sino de la propia izquierda tradicional, por el cuestionamiento radical que, con el trascurrir de los días, fue formulando el zapatismo a sus esquemas de pizarrón. En el fondo, esta insurrección popular venía a desenmascarar al falso país de las racistas élites occidentales, haciendo visible a la civilización mesoamericana de ese “México profundo” negado por siglos de sometimiento colonial. Y la propuesta de revolución que de ahí en más saldrán a convidar, contemplará una radical crítica civilizatoria al conjunto de las dimensiones que constituyen nuestra realidad cotidiana.

Agosto de 2003: El tiempo para ejercer la estrategia del caracol

Luego de dinamizar una infinidad de iniciativas políticas a lo largo de sus diez años de existencia pública, en julio de 2003 el EZLN decide volver al ruedo luego de un prolongado silencio que no equivalió a pasividad. Tras la traición parlamentaria de todos los partidos políticos frente a la propuesta de Reforma Constitucional impulsada por los pueblos indígenas en rebeldía -que tuvo su punto más álgido con la multitudinaria Marcha del Color de la Tierra, que recorrió miles de kilómetros de a pie para exigir el reconocimiento de su derecho a la autodeterminación-, las comunidades zapatistas se replegaron a sus territorios en resistencia, para evaluar qué otras opciones llevar adelante. Es así como a principios de 2003, el zapatismo da a conocer una serie de documentos, unificados bajo el nombre de “Chiapas: la Treceava Estela”, donde explicitan la necesidad de construir en los hechos lo que han venido demandando desde su alzamiento el 1 de enero de 1994. La conclusión es tan sencilla como contundente: “Hay un tiempo para pedir, otro para exigir y otro para ejercer”. A las pocas semanas de difundida la noticia, miles de zapatistas se autoconvocaron para “celebrar” un sepelio. Fieles a su loca manía de burlarse de sí mismos, decidieron festejar con música y baile la muerte de los “Aguascalientes”, lugares de encuentro diseminados en cinco puntos estratégicos, ubicados entre la Selva Lacandona y los Altos de Chiapas. Casi como un “enroque” ajedrecista, ese mismo día anunciaron el nacimiento de los Caracoles y, junto con ellos, la creación de las llamadas Juntas de Buen Gobierno. Ambas instancias apuntaban tanto al fortalecimiento de adentro hacia fuera de los territorios rebeldes, como de abajo hacia arriba en términos de la ampliación del ejercicio de la autonomía civil. Nacía así una nueva fase en la lucha zapatista.

Lugares de encuentro entre las comunidades en resistencia y la sociedad civil nacional e internacional, estos cinco Caracoles sustituyeron a los antiguos “Aguascalientes”. Sus nombres, decididos colectivamente por las poblaciones que integran los territorios rebeldes, pintan de lleno la irreverencia de estos hombres y mujeres de maíz: “El caracol que habla para todos”, “Resistencia hacia un nuevo amanecer”, “Madre de los Caracoles del mar de nuestros sueños”, “Torbellino de nuestras palabras” y “Resistencia y rebeldía por la humanidad”. De acuerdo al EZLN, cada uno de ellos buscará oficiar de puerta “para entrarse a las comunidades y para que las comunidades salgan; como ventanas para vernos dentro y para que veamos fuera; como bocinas para sacar lejos nuestra palabra y para escuchar la del que lejos está. Pero sobre todo, para recordarnos que debemos velar y estar pendientes de la cabalidad de los mundos que pueblan el mundo”. Y deberán ser, además, sedes geográficas de las diferentes Juntas de Buen Gobierno.

Revolución y vida cotidiana: Donde el pueblo manda, el gobierno obedece

El zapatismo no se cansa de repetir que lo fundamental de su estrategia de lucha no hay que buscarlo en sus discursos y comunicados, sino en sus prácticas cotidianas. La creación de las Juntas de Buen Gobierno no ha sido una excepción. Como espacios regionales de autogobierno popular, están integrados por uno/a o dos delegados/as de cada Consejo Autónomo, que es la autoridad colectiva designada por las comunidades que componen a cada Municipio Autónomo en Rebeldía. El nombramiento de estas autoridades se hace con el acuerdo de una asamblea pública convocada en cada comunidad o poblado, siendo la propia colectividad quien da la orden y pone la decisión en manos del grupo de personas designadas, las cuales obedecen las indicaciones emanadas de ese espacio democrático y pueden ser revocadas ante el incumplimiento de este mandato.

Al igual que el resto de los miembros y promotores de estos Municipios, ninguna autoridad de las Juntas tiene remuneración alguna, debido a que su cargo es rotativo y en pos del beneficio de los pueblos en resistencia. Por ello no estamos en presencia de un grupo de “políticos” que ostentan privilegios por la función de cumplen, sino de una responsabilidad que puede recaer en cualquier zapatista si la comunidad así lo define. Y en el lapso de tiempo que dure en su función, será esa misma comunidad la que le ayudará en la manutención propia y de su familia. Como en el caso de los Caracoles, los nombres de las Juntas nos hablan de los sueños que anidan en este México profundo: “Hacia la esperanza” (Selva Fronteriza), “Corazón del arco iris de la esperanza” (Tzotz Choj), “El camino del futuro” (Selva Tzeltal), “Nueva semilla que va a producir” (Zona Norte de Chiapas), “Corazón céntrico de los zapatistas delante del mundo” (Altos de Chiapas).

La creación de las Juntas tuvo como objetivo solucionar dos problemas principales en el ejercicio diario del autogobierno: el desarrollo desequilibrado de las comunidades y los Municipios Autónomos, y los conflictos generados entre comunidades zapatistas y no zapatistas. En el primer caso, ocurre que las familias, comunidades o Municipios más “conocidos”, o más cercanos a los centros urbanos, terminan recibiendo más proyectos y ayuda externa que el resto, no cumpliéndose el principio de “a cada quien según sus necesidades”.  En el segundo, lo que se busca no es solo reconocer la existencia de población no zapatistas, sino además respetarla y aprender a convivir con ella. Por eso se encargan de aclarar en varios comunicados que “para nosotros la autonomía no es fragmentación del país o separatismo, sino el ejercicio del derecho a gobernar y gobernarnos”. El nacimiento de las Juntas amplía precisamente esta forma de organización basada en la toma de decisiones colectiva al plano regional.

Además de los Municipios Autónomos, los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno, en los territorios zapatistas existen otras instancias de autoorganización popular que, en conjunto, apuntan a una transformación integral de la vida cotidiana, construyendo relaciones sociales opuestas a las que nos pretende imponer el capitalismo como sistema de dominación. Esta apuesta estratégica por la autonomía (palabra que en lengua tzeltal significa “lo que hacemos por nosotros mismos”) se evidencia en el ejercicio de una pedagogía liberadora en cada una de las escuelas rebeldes; en la construcción de clínicas, hospitales y casas de salud autogestivas, donde el rol principal lo desempeñan tanto jóvenes promotores provenientes de las propias comunidades, como mujeres indígenas que ofician de “yerberas” y “hueseras”; en la creación de cooperativas de trabajo y tiendas colectivas que buscan fortalecer la economía solidaria y el comercio justo; en la capacitación de agentes de agro-ecología, que efectúan practicas de reforestación y resguardan la biodiversidad que cobijan las selvas y montañas de Chiapas; en la conquista de derechos a través de la sanción de diversas Leyes Revolucionarias, como la de Mujeres, que reconoce sus justas demandas de igualdad de oportunidades y denuncia las múltiples formas de opresión a las que ven sometidas; en la proliferación de espacios de comunicación comunitaria, entre los que se destaca Radio Insurgente. Todos estos ámbitos involucran el despliegue de potencias comunitarias y formas de vincularse entre sí y con la propia naturaleza, opuestas a lo que desde el EZLN llaman las cuatro ruedas del capitalismo (la explotación, el despojo, la represión y el desprecio), dando cuenta de un variado proceso de construcción y ejercicio de la autonomía. En suma: cada uno de estos proyectos, al igual que muchos otros que impulsan cotidianamente, prefigura en el “aquí y ahora” los gérmenes de la sociedad futura por la cual el zapatismo lucha, en la medida en que ensayan en el presente una forma alternativa de vida social.  La revolución deja de ser, por lo tanto, un evento que debe acontecer en un futuro remoto, y se concibe como un caminar preguntando, que se responde y edifica en el propio andar colectivo.

Preguntando caminamos (y a veces tropezamos)

Según las bellas palabras del Comandante Tacho, “hacer la revolución es como asistir a clases a una escuela que aún no está construida”. Precisamente porque no hay recetas ni formulas de pizarrón que sirvan de antemano para garantizar el triunfo, las y los zapatistas proponen construir una nueva cultura política que conciba a la pregunta como columna vertebral de la resistencia. Despojándose de las certidumbres propias de buena parte de la izquierda tradicional, el EZLN apuesta a nuevas formas de intervención y de lucha basadas en la experimentación y la invención constante. Una de las pocas certezas que tienen es el saber que los pasos que deben dar no los pueden decidir ni tampoco encontrar solos. “Para lo que sigue -afirman- tenemos que escuchar otras voces, y necesitamos que esas voces se escuchen entre sí”. En efecto, las preguntas sirven para caminar, no para quedarse parados. Y como recuerda el Viejo Antonio, se van respondiendo en el transcurso mismo de la lucha, es decir, del andar cotidiano. La consigna caminar al paso del más lento, enunciada por el EZLN con insistencia en sus comunicados, no significa negar la urgencia de la revolución, sino priorizar la construcción de consensos dentro de las comunidades. Para poder avanzar juntos en el ejercicio del autogobierno, se debe lograr primero un acuerdo entre las y los compañeros, respetando (e incluso valorando como positivas) las voces disidentes dentro del colectivo.

Claro que el zapatismo, como cualquier movimiento genuino y de base, ha cometido errores, y no deja de batallar a diario contra ciertos vicios que anidan en su propia dinámica de construcción política, a pesar de basarse en la autonomía y el caminar preguntando. Entre ellos, cabe mencionar dos flagelos que han sido denunciados en reiteradas ocasiones por la propia comandancia del EZLN. Por un lado, la necesidad de dotar de mayores márgenes de participación en la toma de decisiones a las mujeres rebeldes, especialmente en órganos de autodeterminación territorial como son los Municipios Autónomos y las Juntas de Buen Gobierno (donde la presencia de las compañeras, si bien existe y es valorable, aún resulta ínfima). Por el otro, el hecho de que el EZLN haya devenido en determinadas ocasiones un “estorbo” en la consolidación misma de la autonomía civil, obstaculizando -en tanto ejercito estructurado de manera piramidal- el ejercicio colectivo y democrático del “mandar-obedeciendo” en el seno de las comunidades indígenas.

Pero más allá de estos inevitables tropiezos y de sus reconocidos logros, lo importante es visualizar al zapatismo no como un “modelo” a seguir (algo de lo cual se mofa el EZLN, afirmando que cada quien tiene que construir su propia experiencia y no repetir fórmulas ni esquemas, haciéndose también camino al andar), sino como esa punta de iceberg que, desde hace casi veinte años, permite que otras luchas y problemáticas ajenas a los canales tradicionales del quehacer político, logren asomar su multiplicidad de mundos posibles desde abajo y a la izquierda.

Ni calco ni copia: La irradiación del zapatismo hacia el resto del mundo

Desde la insurgencia del crisol de pueblos indígenas de Nuestra América desplegada a lo largo de las últimas dos décadas, hasta las protestas del movimiento alterglobalizador en Seattle, Genova y Praga, casi sin excepciones las resistencias que recorrieron tierras y océanos en los últimos veinte años tuvieron como síntoma la lucha zapatista “contra el neoliberalismo y por la humanidad”. Los Encuentros Intergalácticos que supieron impulsar tempranamente durante la segundo mitad de los años noventa, a su vez, preanunciaron otras experiencias similares que despuntaron a comienzos del siglo XXI, como las Contra-cumbres o el Foro Social mundial. Así, el zapatismo devino una referencia ineludible para indígenas, pobladores, estudiantes, villeros, feministas, trabajadores desocupados y campesinos sin tierra, entre otros sujetos políticos que ha emergido o bien cobrado creciente visibilidad en la región.

Por ello, en el contexto de auge de los llamados gobiernos progresistas -que ha inducido a múltiples organizaciones y movimientos a vislumbrar a lo estatal como territorio casi exclusivo de construcción y proyección política- no resulta menor que el zapatismo siga siendo una referencia emblemática para las jóvenes generaciones que se muestran refractarias a institucionalizar sus luchas y menguar su combatividad en función de esta coyuntura. El ejemplo más destacado -aunque desde ya no el único- es el de las protestas multitudinarias protagonizadas durante 2012 por cientos de miles de jóvenes en las calles de Brasil. No fueron pocos los que se preguntaron quiénes cocinaron a fuego lento este descontento que tuvo como puntapié inicial el rechazo al aumento del precio del transporte, y que hizo tambalear al gobierno de Dilma Rousseff e incluso sumió en el desconcierto a organizaciones con presencia nacional y un fuerte arraigo territorial, que habían sido un pilar fundamental de las luchas contra el neoliberalismo en las décadas anteriores. El Movimiento Pase Libre, compuesto básicamente por activistas estudiantiles de diversas centros educativos y por jóvenes negros que sufren la segregación racial y urbana, supo oficiar de catalizador de las mayores movilizaciones populares realizadas en los últimos treinta años en el país. De acuerdo a sus propios voceros, una de las principales referencias políticas de esta original organización en red es precisamente el zapatismo. Y al igual que los tercos encapuchados chiapanecos, esta intrépida juventud se animó a conjurar el fantasma reformista de “hacerle el juego a la derecha” y cagarse en la correlación de fuerzas, para darle impulso y radicalidad a este proceso de desobediencia civil masiva.

Pero no hace falta irse tan lejos para detectar la influencia del zapatismo en la creación de una nueva cultura política militante. En Argentina, ni bien su predica cobró fuerza y proyección como alternativa frente al neoliberalismo, movimientos de trabajadores desocupados, colectivos de contra-información, agrupaciones estudiantiles, comunidades indígenas, centros culturales autónomos, asambleas barriales y organizaciones campesinas vieron en Chiapas una referencia ineludible para potenciar sus luchas y sueños rebeldes. Y para quienes piensan que esa irradiación fue solo parte de un pasado ya superado -el que ardió y se visibilizó, hace más de diez años, en diciembre de 2001-, no está de más convidarles la experiencia de la Corriente Villera Independiente. Esta organización, nacida hace dos años en las calles de Buenos Aires a través de acampes y tomas de edificios públicos, y amamantada pacientemente en las villas y asentamientos a fuerza de trabajo voluntario y espíritu asambleario, hoy nuclea a miles de villeros y villeras bajo la consigna de que “el pueblo mande y el gobierno obedezca”. Su pelea, dicen, es contra los “malos gobiernos”, y no se cansan de exigir “para todxs, todo”. Autonomía, lucha y solidaridad son tres ejes que vertebran la construcción territorial de la Corriente Villera, que tiene sin duda mucho de neozapatismo en su andar colectivo. Eso sí: recreado y “traducido” en función de las complejidades que les depara la resistencia en estas junglas de cemento que son las periferias urbanas.

1º  de Enero de 2014: ¡Feliz (no) cumpleaños!

Mientras que numerosos movimientos latinoamericanos han visto reducido su margen de independencia política respecto de los llamados gobiernos progresistas, llegando a asumir en ciertas ocasiones una estrategia de “mimesis” con los procesos de gestión estatal (que tienden a subsumir bajo su órbita lo que antes eran valiosas experiencias de construcción de poder popular anticapitalista), el zapatismo ha fortalecido sus instancias de autogobierno territorial sin perder legitimidad en las comunidades rebeldes ni lograr ser cooptados por los poderes de turno. Muestra clara de ello han sido dos eventos que no han pasado desapercibidos ni en México ni en el resto del mundo, y que más que intentar “aprovechar” la coyuntura existente (vicio invariante de la vieja izquierda), apuntaron a crear una nueva. Por un lado, la imponente y silenciosa movilización de decenas de miles de bases de apoyo, una vez más con sus rostros cubiertos con pasamontañas, a finales de diciembre de 2012 en Chiapas, que evidenció lo errado de los pronósticos de aquellos que, maliciosamente, anunciaban la debacle del zapatismo. Después de tamaña demostración de fuerzas, estos sepultureros precoces se percataron que estaban velando al muerto equivocado. Por el otro, la no menos relevante iniciativa de alcance internacional, a participar de un nuevo espacio de encuentro e intercambio de experiencias y saberes “muy otros” (llamada La Escuelita), que ha convocado en agosto y diciembre de 2012 a cientos de activistas y militantes de base de México y de todo el planeta, a vivenciar y aprender junto a las bases de apoyo zapatistas cuáles son sus sueños rebeldes y cómo construyen en libertad su autonomía. Ambos acontecimientos deben leerse como dos dimensiones de una misma y radical apuesta política, que podríamos sintetizar a través de un doble movimiento que siempre signó el caminar del zapatismo y hoy cobra mayor vitalidad aún: la necesidad del fortalecimiento interno (mediante la consolidación de organismos prefigurativos y del ejercicio del autogobierno en términos integrales), en simultáneo a la vocación por la articulación y el hermanamiento (basados en el convite de vivencias y de saberes, la escucha colectiva y la irradiación de propuestas).

Sin duda la realización de eventos como estos son por demás saludables, siempre y cuando no se ritualicen y pierdan su capacidad de estimular emociones utópicas. No obstante, y más allá de lo gratificante de la conmemoración de los veinte años del alzamiento zapatista, quizás haya que celebrar, como proponía Lewis Carroll en aquel surrealista país visitado por Alicia, el no cumpleaños zapatista. Es decir, dejar de priorizar ciertas fechas emblemáticas, para adentrarse en el proceso cotidiano y subterráneo que tejen, al paso del más lento, los hombres, mujeres, ancianos y niños en cada resquicio de aquellos territorios rebeldes. Este ejercicio requiere, sin duda, desprenderse de la arraigada concepción “espectacular” que por lo general se tiene de las prácticas militantes. Mal que nos pese, nuestra cultura política parece encontrarse aún permeada en grado sumo por una lógica que tiende a privilegiar la dimensión espasmódica y de confrontación abierta de la lucha de clases, olvidando que este tipo de situaciones no son sino excepcionales.

Claro que resulta difícil sustraerse a la fascinación que provocan combates frontales como los vividos entre el 1 y el 12 de enero de 1994 en Chiapas, o entre el 19 y el 20 de diciembre de 2001 en Argentina; más aún para quienes participamos en una u otra de esas jornadas, sea físicamente o brindando una solidaridad activa a pesar de la distancia geográfica. Sin embargo, deberíamos hacer foco en la praxis cotidiana que aspira al despliegue de formas de construcción autónomas, más que en estos episodios excepcionales. Aquella que, de manera silenciosa e invisible, permitió que fueran posibles no sólo resonantes rebeliones populares como las mencionadas, sino también -y sobre todo- profundas metamorfosis en la subjetividad de masas durante los últimos años en nuestro continente. Esta dimensión subterránea de la política, que tiene como columna vertebral al autogobierno, ha sido por lo general descuidada en los análisis de buena parte de la izquierda. Por el contrario, partimos del supuesto de que aquel tipo de insurrecciones o formas de resistencia explícitas no pueden entenderse sin tener en cuenta, en paralelo, a estos ámbitos territoriales de prefiguración y ejercicio de la democracia de base, en los cuales dicha disidencia se alimenta y adquiere un sentido disruptivo.

Desde esta perspectiva, la alegre rebeldía que el zapatismo irradia a través de sus practicas y sueños, nos invita a asistir y participar activamente en esa infinidad de no cumpleaños que se celebran, a diario y con entrada libre, en el irreverente subsuelo de cada uno de los proyectos y territorios que habitamos. Y como han expresado en uno de sus recientes comunicados, “así como muchos son los mundos que en el mundo habitan, también muchas son las formas, los modos, los tiempos y los lugares para luchar contra la bestia, sin pedir ni esperar nada a cambio”. En eso andamos quienes -no sin contradicciones y balbuceos- continuamos empeñados en la loca y terca manía de hacer del autogobierno un modo de vida. ¿Será que, como solía afirmar Nietzsche, siempre hay algo de razón en la locura?

3 comentarios:

Cristian Olivares Gatica dijo...

Que tremendo el artículo de este boletín, y no sólo porque creo que -a pesar de todo lo que pudo quedar afuera- hace una buena síntesis de lo que han sido estos 20 años para el EZLN, sino también porque es uno de los pocos en los que he visto que da cuenta de ciertos tropiezos que seguramente lxs compas -al igual que muchxs de nosotrxs que construimos desde abajo y todos los días- también tienen, lo cual es un aprendizaje a compartir; pero además porque es buena la idea del "(no) cumpleaños", ya que he visto mucho sobre el remarcar eso cuando se debiera -como dice el compa acá- no perderse el ojo en la experiencia cotidiana. Un abrazo!

Anónimo dijo...

Excelente artículo, gracias, un abrazo y salut ! Sabrina, integrante de la Red de Solidaridad con Chiapas de Buenos Aires

Anónimo dijo...

muy interesante este articulo!! espectacular!! muchos besoss desde Azul- Pcia. de Buenos Aires

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