Miguel Abuelo: El poeta detrás de las canciones

Del orfanato a la gloria, de la cárcel a llenar estadios como líder de Los Abuelos de la Nada, de una vida signada por altibajos a convertirse en uno de los creadores de un sonido que sigue vigente. Sus escritos fueron memorables y sus poesías, compañeras de sus búsquedas y una constante inspiración para crear canciones. Un repaso por sus textos y poemas más esenciales, varios aún inéditos en nuestro país.

Por Ignacio Portela



1. Miguel Ángel Peralta se bajó del micro y quedó solo, en medio de la ruta que lo traería de regreso de una gira por distintas localidades de La Pampa. Recordó por unos instantes aquellas travesías a dedo cuando era más pibe. Se acordó, tal vez, de aquel encuentro con Pipo Lernoud a principios de años 60, donde ambos se conocieron a la deriva intentando llegar a la costa atlántica en plan de aventura. Pero esta vez estaba solo, pronto a cumplir los 40 y con más mañas que entonces. Ya era Miguel Abuelo, un artista consagrado en la escena local, pero sin embargo seguía adelante su camino sin rumbo fijo, esquivando lo establecido, rompiendo una vez más las barreras de lo posible. Se bajó del micro de vuelta con la calentura de no haber encontrado su asiento vacío luego del recital. Se había retrasado, era cierto, pero no imaginaba que ninguno en el micro le negaría un lugar. Estaba en una época en que las cosas no marchaban del todo bien y cualquier conflicto terminaba mal, con portazos o amenazas. Por ese entonces llevaba adelante la tercera formación de Los Abuelos de la Nada, su eterno grupo, que en esos días era muy distinta a la que había brillado años atrás llenando estadios. Como en muchos momentos de su vida, no le importaba la mochila que significaba el éxito, ya que lo que buscaba él, en definitiva, era viajar, conocer, aprender, escribir. Es decir, vivir. En el 86 estaban presentando Cosas mías, el último disco editado con Los Abuelos, y la fiebre lo seguía de cerca, era su inefable aliada. Cada show donde volcaba todas sus energías lo iba consumiendo de a poco, sin saber por qué, ya que el sida era una amenaza desconocida. Pero sin embargo siempre miraba hacia adelante. “No me lloren, crezcan”, les repetía a sus conocidos, y era su manera elegante y poética para darse aliento y, de alguna forma, despedirse lentamente de sus amigos. Luego del incidente del micro, Miguel no apareció por los ensayos en cinco días. Su paradero era desconocido y sus músicos no sabían qué cara poner cuando reapareciese. A ciencia cierta nadie sabía cómo iba a seguir la cosa. Pero Miguel, rápidamente tragó saliva y olvidó lo sucedido, agarró la guitarra y se puso a cantar y ensayar los temas del futuro disco. La calentura había quedado atrás, lo que importaba ahora era seguir tocando, que Los Abuelos sigan su camino de creación. “Si conozco algo de ti es que adoras el talento, y que fecundo y variado en experiencias vives perdido entre lo débil, lo fácil y lo imposible. Querido amigo, tu no eres de esconderte entre la gente poderosa. Gustas decir a veces que eres hombre de campo. Yo río con las grandiosas mentiras llenas de deseos solapados y afirmaría también que eres hombre de campo…”, sostenía en un fragmento de  “Carta a mí mismo”, un escrito de esa época. Por ese entonces se encargó de elaborar algunos poemas autoreferenciales, hurgando en su interior, repasando algunas verdades y vivencias de sus fecundos años de vida. Entre esos hay uno que se destaca por su caudal de sensaciones. Lo tituló “A mis 40 años” y es un repaso por sus pasiones donde expone al máximo su terreno creativo. “Mi ticket./ Mi casa./ Mi escritorio./ Mi muelle del pensar./ Mi ventana./ Mi reloj./ Mi lámpara imborrable./ Mis flores sentenciadas./ Mi manera de saber que estoy atento/ y que algo me distingue entre todos./ Mis lágrimas caseras./ Mi teléfono espontáneo.// Escribir, oh./ A los cuarenta se puede demorar un año/ para concluir el poema./ Usando la ventaja de la desventaja,/ ninguna cosa ahora, se torna contra uno./ ¿De qué valdría a la inconsciencia/ hacerse de un náufrago libre y bandido?/ He dejado a la cultura en un paraje/ repleto de pájaros perdidos.../ y a veces vuelvo/ para nunca olvidar la misma escena./ Desde mi propio estrado,/ no deseo más de lo mejor./ Entre lo gratuito,/ me muevo sabio perverso./ Confeso en fiesta con la vida toda./ Acecho como lobo./ Aunque llore en secreto/ la inútil canción del desconsuelo”. También en ese camino de intentar entender su fuego interior, de encontrar su lugar en el mundo, habla “Primero de febrero”, otro de sus poemas más verborrágicos: “Estoy exhausto. Debo escribirme./ Telefonearme a mí mismo./ Encontrarme./ Ya sé todo./ Hice todo lo posible a mi cuerpo./ Bien sé que mi cuaderno no podrá/ transformarse en algo nuevo./ Estoy exhausto./ Mi moral flaquea, eso es lo menos que/ le podría suceder a este espontáneo experimento./ Me veo desde afuera y me doy miedo, temo/ que me teman./ Quisiera estar muy lejos de cualquier compromiso...”, confesaba Miguel, sabedor de emprendimientos imposibles, quien siguió intentando perseguir la libertad a través del camino del arte, su eterno bálsamo.
 


2. En un orfanato primero, en la casa de padres adoptivos después, Miguel viajó por distintos lugares en su niñez, lo que marcó una etapa alejada del concepto tradicional de familia que la mayoría de los niños tiene. Ya de más grande, se probó como boxeador en un club de Munro hasta que le dieron una paliza que lo hizo desistir. Cuando era adolescente, en la Plaza Francia se juntaba la generación hippie de los 60, que tenía a La cueva como lugar de encuentro, donde cada intérprete se subía a cantar algunas de sus verdades. Miguel, que ya tenía vocaciones artísticas y había actuado en algunas obras de teatro, descubrió en La cueva un mundo aparte, pese a que nunca hizo una presentación formal. Ahí conoció a Sandro, a Moris, a Tanguito, entre otros. Con Pipo Lernoud se hizo amigo un tiempo antes en la pensión de Vicenta, donde compartieron hospedaje durante un tiempo hasta que a Pipo se le ocurrió invitarlo a que se fuese a vivir a la casa de sus padres. Lernoud recuerda esos primeros pasos junto a Miguel en la música y la poesía “Con la guitarra que compramos gracias a las regalías del tema que había hecho ‘Ayer nomás’ –compuesto en conjunto con Moris–, empezamos a componer música con Miguel, especialmente estábamos obsesionados con lo psicodélico, en el sentido de hacer una música abierta, que pueda integrar lo indú con la música del norte argentino. Nuestros poetas preferidos como Lautreamont o Rimbaud hablaban de eso, de que el poeta debía volverse vidente por un calculado desorden de todos los sentidos. Desprogramarse de lo que nos enseñaba la sociedad. De los ritmos, de las horas, para ver el mundo tal cual es. Esa era nuestra obsesión y estábamos dispuestos a hacerlo”, explica sobre semejante desafío. Cuenta Lernoud que de entrada le llamó la atención el aspecto de Miguel, su manera de relacionarse con los demás y, por sobre todas las cosas, sus escritos. “Tenía seis meses más que yo cuando lo conocí en el 64, a los 18 años. Yo soñaba con los poetas como Rimbaud, con lo beatnik del que vive en la calle la experiencia de la vida real, y la verdad es que Miguelito fue el primer tipo que yo veía que se parecía a eso y era eso, porque no actuaba”. El primer poema que le recitó a Pipo en uno de esos encuentros decía así: “Leve como una nota me regalaste un pájaro y posaste una mañana en mi saliva. Yo a las tontas como el agua, heredero de vértices protegiendo la piel permití tu ida por las manos vacías”. De ahí en más, Pipo quedó fascinado con sus palabras y fueron compinches en casi todas las salidas, proyectos y andanzas, además de compartir  la casa. El juego de componer canciones duró un tiempo hasta que –mediante la gestión de la madre de Pipo– el productor Ben Molar les ofreció hacer un disco y Miguel, para no perderse la oportunidad, le inventó que tenía una banda formada. Banda que en realidad no existía, porque no pensaba en grabar un disco ni hacer carrera, pero por algún motivo eligió arriesgarse y le dijo que se llamaban Los Abuelos de la Nada, un nombre imposible para la época. Esa decisión los puso a Pipo y a Miguel entre la espada y la pared, porque debían empezar a reclutar gente para la banda, entre los que estaban Pappo y el baterista Pomo. Había que hacer los temas ya. En esa época, todavía se daba a conocer como Miguel Ángel Peralta y no como Miguel Abuelo, que es posterior a la separación de esa primera formación. Por esos años editaron algunos simples con cierta relevancia, con temas como “Diana divaga” y “Tema en flú sobre el planeta”. Al poco tiempo Los Abuelos se separaron por problemas entre Pappo y Miguel, que de manera solista editó “Oye niño”, “Mariposas de Madera” y “Hoy seremos campesinos”. La letra de “Oye niño” marca el rumbo existencial que luego desarrollará en su vida: “Oye niño no te dejes/ haz tu cabeza estallar./ Oye niño no seas tonto/ haz tu cabeza estallar.// Todo lo que ata es asesino/ todo lo que ata no es la paz./ Oye niño ya no corras/ no me quieras ganar.// Cuando mi nombre ya no exista/ verás qué velocidad/ ya arroja tu armadura/ ser el aire no es pensar”.

“Miguel no es hijo de Lennon sino que es hijo de ‘Cuchi’ Leguizamón”, sostiene Pipo Lernoud para explicar cuáles eran sus pilares ideológicos y musicales, sus pasiones para componer. Ese tipo de afiliación musical provocó que, en un principio, la gente que iba a La cueva lo resistiera porque, además, Miguel se comportaba como algunos folkloristas que tenían la costumbre de tomar vino hasta emborracharse y buscar pelea. El rock en esa época no compartía esos vicios y lo consideraba un mundo anticuado y machista. La costumbre era juntarse a escribir, recitar y cantar en bares con café mediante, hasta que rápidamente llegaron las drogas y los hábitos cambiaron. “Si escuchás los segundos discos de Almendra o Manal, te das cuenta de que las drogas habían llegado, tanto desde las composiciones como desde las letras. Los primeros discos del rock nacional fueron compuestos sin nada de eso”, explica Lernoud.
  
3. Antes de que el rock empezara a ser reconocido masivamente, Miguel se va del país dejando pistas de una obra escasa, pero que al poco tiempo lo convierte en una leyenda. En Europa su periplo tiene decenas de destinos, pero uno de los primeros lugares donde se asienta es en Cadaqués, donde un grupo nutrido de hippies vive de prestado en distintas casas. En una de ellas, alejada de la ciudad, compone “El largo día de vivir”, uno de los poemas que luego editará en su disco solista “Miguel Abuelo et Nada”, gracias a la mágica aparición del productor Moshé Naïm. La letra del tema trata sobre esos días en comunidad: “Me gusta este lugar por las mañanas,/ cuando el sol entra por las rendijas,/ y se acuesta sobre nuestra cama,/ al nosotros despertar,/ al nosotros despertar.// Encontrar tus ojos está muy bien./ El gallo canta en al colina,/ alguien prepara leche, pan y miel./ Comienza el largo día de vivir,/ comienza el largo día de vivir”. Luego de su estadía comunitaria, pasó sobreviviendo por Barcelona, París, Londres sin encontrar un lugar donde asentarse. Después de años logró volver a actuar en algunos pequeños recintos de París, con personajes como Juan Carlos Cáceres, hoy un referente del tango y la música rioplatense. En ese tiempo aparece como un salvador Moshé Naïm, un productor exótico, que se conmueve con la capacidad creativa de Miguel y le propone producirle un disco al escucharlo cantar y tocar en su presentación. Pese a que no tenía una banda estable, Naïm confía en el talento Miguel e inmediatamente lo incentiva a grabar. Forma entonces Hijos de la Nada, una banda integrada por algunos compatriotas viajeros como Miguel. Uno de los pilares de ese breve pero intenso proyecto fue el guitarrista Daniel Sbarra, quien convocó a otros integrantes de su ex banda para la grabación del disco. Sbarra, en el libro Paladín de la libertad, de Juanjo Carmona, da detalles de cómo era la convivencia del grupo con Miguel: “El principal inconveniente que tuvo que atravesar el grupo fue el entusiasmo de Miguel, porque jamás pudo controlar la excitación que sentía al concretar su proyecto, se mostraba eufórico y lleno de ideas que estaban alejadas de las posibilidades sonoras del quinteto (...) a mí no me disgustaban esas ideas, pero era algo faraónico para aquellos tiempos...”. En medio de la gira de “Hijos de la nada”, las peleas se acrecientan y el grupo se disuelve, lo que deja el proyecto trunco en pleno auge y con el disco distribuido por toda Europa. Vuelve la etapa de vagabundeo y, en medio de esos replanteos, una sorpresa llega a su vida: va a ser padre. Tiempo después, nace Gato Azul Bogdan Peralta, fruto de su relación con su pareja de entonces, Krisha Bogdan. Todo es experiencia y enseñanza para Miguel, y la llegada de su hijo es una responsabilidad que no sabrá cómo afrontar, pese a intentarlo a su manera. A él le dedica un poema en el que ilustra un terreno de amplitud muchas veces difícil de sostener en la práctica: “Nada hay que nada prohíba,/ y a todo debes estar despierto,/ como el halcón se encorva para la lucha,/ como quien recibe ofrendas del cielo.// Aquí, así, ahora…// En el agua del lago artificial,/ los hombres reman/ conduciendo a sus hijos”.

Luego de la experiencia con “Hijos de la nada”, deja de lado un tiempo a la música y se une a grupos de teatro ambulante por lo que viaja de un lado a otro, hasta que hace escala en Ibiza, donde empieza nuevamente a presentarse en vivo. En esa época conoce a Miguel Cantilo, con quien inmediatamente se hace amigo y, a raíz de su buena relación,  presentan un espectáculo a dúo por las calles haciendo una fusión de estilos y tocando un repertorio dominado por la música folklórica y la canción latinoamericana.

Pese a tener más trabajo y ser el sostén para llevar adelante su familia, las fiestas y los excesos siguen siendo moneda corriente. Esos permanentes traspiés lo llevaron a una zona oscura. En uno de ellos, luego de una fiesta, es detenido por la policía, quien se lo lleva junto a otros, acusado de haber robado unas joyas de una vivienda lindera. Al estar también sin los permisos vigentes para permanecer en España, conoce la cárcel de Ibiza. Entre celdas se hace amigo de varios presos y su pluma intenta reflejar lo vivido. Vuelve a encenderse cuando un compañero de cárcel decide quitarse la vida. Miguel le dedica un poema como homenaje. “Él me lee de lejos, cual un labrador lee en los vientos./ De reojo me sonríe y asiente, su verdad altiva de ladrón de relojes... La cárcel es vocera de pases clandestinos y secretos feroces, como la mugre, el hacinamiento, el odio y la muerte”, le escribe al viejo Enrique, ladrón de relojes que ya no está a su lado. También le dedica un poema a la fuga de unos presos amigos. “Se fueron./ Nadie los vio/ algunos sospecharon desde siempre./ En fin, no estaban./ Se escaparon ayudados por la noche./ Y una mano que de afuera vigilaba...”.

“Los individuos muchas veces se encuentran en una mala situación por falencias de la sociedad. A una persona básicamente hay que darle alimentos y educación y estas cosas a esta altura es como decir darles vida. Nadie se hace delincuente porque sí. Yo tuve una infancia difícil y zafé por mi trabajo”, le dijo a Tom Lupo en una entrevista. Como las pruebas no lo incriminan y su delito es el de estar como ilegal, gracias a una colecta que juntan sus amigos logra que lo expulsen a Francia, pero su condición de ilegal hace que regrese luego de pasearse por distintos aeropuertos. Pero esta vez la cárcel que le toca es mucho más pesada y los primeros tiempos se hacen interminables, hasta que recupera fuerzas y empieza a escribir todos los días. Otro argentino, compañero de celda, afirma que en esos días empezó a escribir fragmentos del tema “Buen día día”, intentando ver lo positivo en un lugar que lo quería apagar. Inesperadamente, Moshé Naïm, el productor de su disco en Francia, se entera de la situación de Miguel y lo saca de la cárcel. Comienzan los ochenta y la vida parece darle un giro positivo. Los proyectos vuelven a tomar forma, su libro de poemas Paladín está entre sus principales objetivos, por lo que busca editores que crean en el proyecto, pero no es nada fácil este emprendimiento y la edición se diluye. Pese a ese traspié, sigue creyendo en sus composiciones y meses después, estando  nuevamente en libertad, conoce a Cachorro López, quien se convertirá en uno de los abanderados de la vuelta de Miguel a la Argentina, luego de 10 años. Cachorro es sin dudas el artífice de que Los Abuelos vuelvan a ser presente en la vida de Miguel. Además es el primero que le da hospedaje en su casa y permite que la historia comience a ser otra. La fama y el éxito serán sus aliados por unos cuantos años. Tres discos de estudio, uno en vivo, presentaciones, giras y todos los condimentos de una banda de rock en pleno auge.

4. De pibe soñaba con escribir un libro sobre la “Historia universal de la realidad”, pero decidió vivirla en vez de contarla. Miguel no era de sentarse para estar horas o meses detrás de algo tan estático como un libro, él quería seguir haciendo, tocando o disfrutando de los encuentros que le proponía la vida. “Era un poeta fabuloso. Para mí es el Rimbaud del rock nacional, fue un genio. Mas que recordar una poesía en particular recuerdo su actitud poética.”, sostiene el ex manal, Javier Martínez.

Paladín es su libro de poemas inédito –comercialmente–, pero que circuló en distintos formatos y en varias ferias artesanales. Uno de los impulsores en Rosario fue Omar Serra, quien fotocopió de manera casera una versión que le dejó Miguel años antes de su muerte. Actualmente en la web se pueden encontrar algunos poemas del mítico libro que pareciera que todavía busca esquivar lo establecido de una edición tradicional. Paladín sigue siendo un libro para buscadores y una forma de de vivir y de creación que son el eje de sus escritos. Entre esos inéditos se destacan “Melancolía”: “Víbora dormida/ la melancolía es un estado de ánimo/ algo que se agita en el fondo de un estanque/ Se parece a lo desconocido/ Solemne gravedad/ Tonta silbando, nervio contenido/ Maldita melancolía que te escondes/ en la zona de bosques y asomas tu uña negra/ para mirar el día/ Sentada en el ojo de la duda/ ella te aguarda,/ ella es la melancolía”. También “Al ladino”: “Quiero de mi pluma un ejercicio/ que reúna al ayer con el mañana/ Quiero que el hoy sea la ventana/ quiero al lector que no se mortifica.// Que ve pasar a su alma llana,/ sin luz de sombra que se admire/ a la sombra que se ufana/ y no por ello luz emite”. Y “El secreto”: “No hay mayor secreto que/ aquel que no se puede hablar./ Ese que corre como la sangre invisible./ El que riega la cara de las gentes hermosas./ El que produce el verbo./ El que alimenta al vacío del hacer./ Mas el grato tiempo de las gestaciones/ en vuelo.”. 

Pero para hablar con justeza sobre sus poesías-canciones, es imposible esquivar su declaratoria mayor, su poema perfecto e interminable. No habrá otra igual, aunque se la quiera copiar. “Buen día día”, tema que da título a su segundo y último disco solista es un poema que rompe con todos los moldes y nos dispara hacia miles de vertientes. Es poesía, es rock, es delirio, es amor por la tierra, es una invitación a mirarse a uno mismo. Con una melodía simple, logró meter en algo más de seis minutos un panorama de su optimismo por el ser humano, sus obsesiones y sus verdades más arraigadas. “Buen día, día./ Día, buen día./ Buen día, perro,/ mujer buen día (...) Aquí tu libertad,/ aquí tu intención apelmazada de ser pájaro./ Aquí la piedra de tu risa./ Aquí... mi boca arriba y gritando/ Buen día, a todo lo que pasa./ Yo soy el que da rota de tu paso olvidado./ Aquel que te camina,/ descalzo entre tus pasos./ Nada sé, no. Nada sé...” Y sobre el final “Ey! Y si hubieras contraído/ compromiso con la muerte?/ Y si hubieras muerto acaso?/ Peleando o creyendo./ O intentando escaleras para atrapar las/ espaldas del cielo?/ Hubieras llevado gloria hacia allá/ (hacia desde donde ya no se vuelve)/ Pero también, hubieras dejado fábula,/ utopía y polvo/ entre mis cofrades mortales...”, por citar algunos de los fragmentos de su poema mayor.

Alguna vez se lo escuchó a Miguel decir “la vida es un río peligroso, cualquier madero viene bien para aferrarnos; estar seguros, hay que tratar de navegar sin maderos”. Dicen, quienes lo conocieron, que hasta sus últimos días ese arriesgarse era su motor para enfrentar el presente y soñar con el futuro. En sus cuadernos de anotaciones deben estar registradas muchas de sus sensaciones y canciones finales, pero la misteriosa desaparición de aquellos escritos nos deja con la incógnita de saber cómo serían. Así fue su vida y su poesía, despojada de lo previsible y lo establecido. Recorriendo un camino distinto todos los días, toda la vida y dejando un legado en nuestra música imposible de olvidar.

2 comentarios:

Fabián Agosta dijo...

Miguel Abuelo et nada... ¡Una gloria lírica y musical del rock mundial!

Eugenia Cano dijo...

Que extraordinario artículo. Gracias

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